
Coincidindo com o sexagésimo aniversário da sua morte (Buenos Aires, 7 de janeiro de 1950) em Sei O Que Nos Figestes... Nos Últimos 525 Anos publicamos hoje umha rareça sobre Afonso Rodrigues Castelao que o Camarada 64, da Lliga Anticolonial dos Països Polacs, encontrou, digitalizou, converteu a texto e teve a bem enviar-nos para a sua publicaçom.
Trata-se da difamatória semblança biográfica do pai da pátria galega, saída da pena dum tal José María García Rodríguez, publicada originalmente em Solidaridad Obrera Solidaridad Nacional (20-VII-1939) e resgatada para o livro Fantasmones rojos: La venjança falangista contra Catalunya (1939-1940).
Segundo este livro, José María García Rodríguez é:
Poeta, narrador i crític d’art. L’any 1942 publica No éramos así a l'editorial Caralt. Militant falangista, participa activament en tasques de propaganda i d’adoctrinament programades pels Serveis de Propaganda de Falange arreu del territori, fomentant conferències en associacions com La Hermandad de ex-cautivos. Posteriorment, l’any 1944, el trobem com a dirigent de La obra Sindical del Hogar y de Arquitectura encarregada de la construcció de vivendes socials a la Barceloneta i a Ciutat Meridiana.
Porém segundo o nosso amigo e informante, o Camarada 64:
Un bon vivant. El típic pijo fatxa de la part alta, vamus!, que com tots, a la seva darrera etapa es va folrar cobrant comissions per l'edificació de cases barates i amb aluminosi a la Barcelona més deprimida: La Barceloneta, el barri de pescadors humils i Ciutat Meridiana, un township de gitanos i andalusos pobres amb clavegueres a cel obert fins als anys 80.
Sei o que digestes (de NÓS) nos últimos 525 anos! Muitíssimo obrigado, Camarada 64! E já, sem mais dilaçom... DENTRO LIVRO!!!
RODRÍGUEZ CASTELAO
Por José María García RodríguezNacido en Galicia, era conocido como político de izquierdas, como dibujante y como artista. ¿Artista? En realidad, no sé yo, si podría decirlo. He tenido verdaderos líos con el Arte. Pero no con un arte cualquiera, sino con el Arte. Con ese señor endomingado y presumido que se escribe con A mayúscula, y que tiene la prestancia de los premios finales de curso que se dan a los niños aplicados y sosotes.
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Desde muy joven frecuenté tertulias engoladas, de señores que se las daban de entendidos, y que al pronunciar la mágica palabra, entornaban los ojos y alguien —nunca supe quién— les colgaba de los labios una sonrisa luminosa, luminosísima. Una sonrisa que prestaría servicios inapreciables, una vez que se estudiasen sus posibilidades para el alumbrado público. Una sonrisa que desaparecía en cuanto se esfumaba el arrobamiento. Como yo, sin duda alguna, carecía de condiciones para artista, aprendía lentamente, poco a poco. Yo no acertaba a encontrar el genio, la inspiración o el mérito en Picas so. No lo veía ni con lupa en Castellano. Veía artistas únicamente: chalinas, gafas de concha, pelo sin cortar y anda res majestuosos y altivos. La inducción no me fallaba.
Así no extrañará, que, cuando por primera vez en Santiago de Compostelana, a la salida de misa de once, en la iglesia de las Animas, vi a Castelao con un lápiz tomando apuntes en un papel, me diese perfecta cuenta de que estaba ante un «artista». Allí estaban efectivamente, enteros y verdaderos y en cuerpo y alma, la chalina descuidada, las gafas de concha, el pelo largo...
De estos apuntes salían calzados de zuecos, con las manos en los bolsillos y el cigarro casi consumido en la boca, los campesinos gallegos, que en un periódico propiedad del tan cuco como repulsivo masón Portela Valladares, nos contaban diariamente las cosas de su vida. De una vida raquítica, menuda y pequeña, de rencillas locales y afanes pueblerinos, en las que los entendidos más o menos engolados percibían las huellas majestuosas del Arte, mientras los demás sólo alcanzábamos, afanes de politiquillo, su poco de inquina, su mucho de mala intención y la miopía... de las gafas de concha. Al fin y al cabo «cosas de la vida», como decía el propio Castelao.
Y las «cosas de la vida» se fueron recalcando a medida que avanzaba la égloga republicana. Los «auténticos» cazaban conejos a placer en la Casa de Campo de Madrid, y la destruían concienzudamente. Los más auténticos presenciaban impasibles desde sus gobiernos civiles las quemas de iglesias, de los juguetones y traviesillos adictos, y los «muchísimos más auténticos» desde sus escaños del Congreso con gracia pastoril pensaban en dos cosas: la primera, destruir a España, y la segunda, llenarse bien los bolsillos de saneadas dietas o sueldos compensadores.
De estas fechas data el renacimiento de los pueblos hispánicos y el desarrollo de sus culturas. Y nuestro héroe nos salió buen paladín. ¿Por qué no aspirar a un Ministerio en esas numerosísimas naciones en que se iban a cimentar «los pueblos ibéricos»? «Delicioso invento es el automóvil. ¿Por qué no tener uno a cuenta de los paisanos de la tierra que me vio nacer? —se decía Castelao, para sí—, porque me parece que tengo derecho. ¡Ya lo creo, para eso me vio nacer Se necesitaban méritos, méritos auténticos. Obra digna de la República y del progreso. Y así fue.
Castelao descubrió la suprema incultura en que se encontraba Galicia, donde se enseñaba en español en todas las escuelas. cubrió el retraso imponente que suponía el uso de nuestra lengua en todos los aspectos oficiales y religiosos. Era preciso acabar con ello. ¿Y acabó? Invocó a gritos a os númenes de Pompeyo Fabra —ese Edison de la lingüística, que él sólo se inventó un idioma— y se lanzó a predicar en «galego». Sí señor, con una «l» menos que eso da mucho de «hecho diferencial». Hasta entonces vinimos creyendo, como infelices, todos los que por herencia de nuestros padres nos llamamos Pérez, López, Rodríguez o . Fernández, que nuestros apellidos terminaban en una hermosa «ceda», de las del alfabeto, no de la otra. Pues, señores, estábamos en craso error. En crasísimo error. Si el Pérez, López, Rodríguez o Fernández nacía en Galicia, en vez de la ceda —simpático que le era el señor Gil Robles a Castelao— su apellido terminaba en una «s» gentil, curvada y bailarina. Esto también valía mucho como «hecho diferencial». ¿Sería el Arte aplicado a la política? ¿Habría conseguido Castelao, una feliz armonizable?
Se frotaba las manos de regusto, lo mismo que fenicio ante negocio lucrativo. Se marchó en viaje de propaganda para las tic- tras irredentas. A hacer campaña contra los tiranos. Y en Bilao, donde no entienden ni el vasco, les habló en gallego, y armó un tinglado tal, que de no haber terminado él y los demás hablando en el cristianísimo español, hubiesen salido los oyentes más que medianamente mohínos por la burla. Puso varios telegramas al Gobierno y volvió a Galicia un poco más miope de lo que fue, pero saturado de los «hechos diferenciales» descubiertos. Saturado también de cultura.
Con los vascos aprendió que, para lograr un Estatuto, es un truco muy bueno con de los pueblos oprimidos. Y esto de los pueblos oprimidos, le costó muchas noches de insomnio. Las dietas se tambaleaban. Había por ahí unos que se decían falangistas, que empujaban más de la cuenta. Y si no se oprimía a Galicia y en seguida, iban a colar Estatuto, Parlamento, República, sueldos, galleguismo, enchufes y demás zarandajas por el estilo. Pero oprimir a Galicia costaba lo suyo. ¿Dónde encontrar una piedra lo suficientemente grande para echársela encima y luego exhibir como a oso en ferias, a la pobre oprimida? Y dado que apareciese, en los Alpes o en el Himalaya, o en Sierra Morena —ya poniéndonos en el caso más favorable—, ¿cómo se iba a arreglar para traerla, y para que Galicia estuviese quieta mientras se la colocaban encima? Esto le hizo dudar un poco de la doctrina de los separatistas vascos sobre los pueblos oprimidos.
Pero como para algo han de valer la chalina, las gafas y los sesos, a Castelao se le ocurrió la idea genial. ¿Por qué no comparar al campesino gallego con una vaca? Aceptó la idea. El campe sino gallego era una vaca. Pero no una vaca cualquiera, sino una vaca con una ubre inmensa, grande, que casi le llegase al suelo. La ubre sólo tendría un fin: satisfacer el hambre desaforada de los madrileños. En veinte días no durmió Castelao de alegría y de emoción. Y la vaca, de ojos grandes, mansa y cansina, espatarrada y con su ubre, fue fijada en dibujos repetidos por todas las paredes de Galicia con letreros alusivos y en propaganda del Estatuto. Y la ordeñaban incansablemente. En todas las esquinas la vaca era ordeñada o por madrileños o por caciques. Cada vez que la veía, la sonrisa a Castelao le llegaba a las orejas. Y vaya éxito. El Arte de Castelao, sus prédicas vernáculas, la pobre vaquita y su ubre, etc., consiguieron el milagro de que apareciesen, pidiendo el Estatuto gallego, el 90 por 100 de los votantes del censo, sin que se abriesen los colegios, se constituyesen las mesas y un domingo cual quiera se sentasen detrás de las urnas unos señores papanatas, que nadie sabe dónde se meten cuando terminan las elecciones. A pesar de todo, la gestación del Estatuto iba lenta. Aún no ha nacido, ya líderes se disputaban la capitalidad, la presidencia, los puestos y el Parlamento, y no sé qué de enchufes en Hacienda abundosos en corriente...
La Falange y el Movimiento Nacional evitaron a los padres de farsa el doloroso alumbramiento. La zona roja recogió en su seno la chalina de conspiradorcillo antifascista, la melena desvaída y la miopía cada vez más acentuada de Rodríguez Castelao. Volaron las dietas. Papá Stalin le llevó a Rusia para que se consolase un poco de sus cuitas. Y cómo le pagaron, y era dinero lo que quería, vio cuatro árboles en una estepa y creyó que se trataba del Paraíso. Y lo tuvo que decir en conferencias, a voz en grito. Primero unas palabritas en gallego, para que rabiara Pompeyo Fabra, y luego en el idioma aborrecido, mentiras y calumnias sobre la zona nacional. Acosado por el Ejército de Franco en su refugio rojo, fue huyendo errante como judío y sabe Dios, por donde pasea ahora su miseria política y moral, rabiando como niño caprichoso y con un tufo apestante a lacayo de Stalin.
Mais artigos sobre Castelao em seioque.com:
-De Stonewall a Bonaval (SEG, 29-JUN-09)
-Eu? Galeguista de Sempre! (QUI, 16-ABR-09)
-Mahatma Dândi (SEX, 30-JAN-09)
GARCÍA RODRÍGUEZ, José María.- Nació en Muros (Coruña). Reside en Ciudad Trujillo, de la República Dominicana. Dirige allí el "Boletín de la Cámara de Comercio" y la "Revista de Economía de la Secretaría de Estado".- Publicó: 1. Ambrosio Spínola y su tiempo (Barcelona, 1942).-2. La gracia en la locura (B., 1493).-3. No éramos así. Novela que refleja la vida en los frentes de nuestra guerra.-4. Huyen las raposas. Novela basada en los pronunciamientos del siglo pasado y desarrollada en Galicia.5-. La guerra de la Independencia. Dos volúmenes.-6. Como el amor loco (Madrid, 1943). Novela.-7. Biografía de D.ª María de Molina (Barcelona).-8. Biografía de D. García Hurtado de Mendoza (B.).-9. Antología del Filósofo Rancio (Madrid).-Prepara: Amor novelesco, novela cuya acción se desarrolla en Santiago.
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